Cartas desde el Scriptorium, una recomendación Kumera
Libros

Cartas desde el Scriptorium, una recomendación Kumera

Por Kumera

LECTURA LENTA

Las obras de Paul Auster merecen ser leídas despacio. Cartas desde el Scriptorium, una recomendación Kumera.

Hay autores que no solo se leen: se habitan despacio. Paul Auster escribió siempre a mano, sin prisa, y construyó una obra entera alrededor de la atención, la memoria y el tiempo que hace falta para entenderse a uno mismo. Esta es una recomendación de lectura para quien busca el mismo pulso pausado que persigue el slow living: nada de resúmenes ni de scroll, sino una tarde entera dedicada a una sola habitación de papel.

Agosto 2026   Lectura 9 min

Hay un cuarto en la obra de Paul Auster que reaparece una y otra vez, con distintos nombres y distintas paredes: una habitación sin salida donde alguien intenta reconstruir, con las pocas pistas que tiene a mano, quién es. En Travels in the Scriptorium, publicada en 2006, traducida al español como Viajes por el Scriptorium, ese cuarto se convierte en el escenario de un experimento literario poco común: un autor que encierra a su propio elenco dentro de una sola novela para interrogar, a través de ellos, el acto mismo de escribir.

El protagonista se llama Mr. Blank. Despierta sin memoria, sentado al borde de una cama estrecha, con las manos abiertas sobre las rodillas. No sabe cómo llegó ahí ni qué ha hecho. Sobre el escritorio encuentra un manuscrito ajeno y una pila de fotografías que parecen esperarlo. A lo largo del día, distintas visitas entran en la habitación, una enfermera, un antiguo inspector, un médico;  y cada una deja caer un fragmento de información sobre quién fue, o quién sigue siendo, este hombre sin nombre completo. Lo inquietante, para quien conoce la obra anterior de Auster, es que todos esos visitantes ya existían: son personajes rescatados de sus novelas previas, convocados aquí como testigos o como carceleros de su propio creador.

Una cámara fija, empotrada en el techo, registra cada movimiento de Mr. Blank sin que él pueda saberlo con certeza. Un micrófono recoge cada sonido de la habitación. El propio libro señala que aunque el hombre supiera que lo observan, nada cambiaría: la vigilancia es parte de la condición, no un accidente de ella. Ahí está, quizás, la clave de todo el ejercicio: Mr. Blank no es solamente un personaje perdido dentro de una trama. Es también, de manera apenas disimulada, el propio autor, sometido al mismo régimen de control que ha impuesto durante décadas a las personas que ha inventado.

Es un libro que exige lo contrario de lo que exige un titular o un feed: exige quedarse quieto en una habitación con alguien que tampoco puede moverse. No hay acción que perseguir, solo atención que sostener. En ese sentido, leerlo es ya un pequeño ejercicio de slow living, una forma de practicar, durante un par de horas, la misma paciencia que le pedimos a un buen café o a una tarde sin planes.

— ✦ —

Una vida escrita a mano

Para entender por qué Auster necesitaba ese cuarto cerrado, ayuda mirar cómo trabajaba fuera de la ficción. Nunca escribió directamente en una máquina ni en un ordenador: redactaba a mano, casi siempre con pluma estilográfica, en cuadernos de cuadrícula que guardaba como si fueran herramientas de un oficio artesanal. Solo después pasaba el texto a una vieja máquina de escribir Olympia, un ritual que le obligaba, según explicó él mismo, a reescribir cada corrección desde cero, sin atajos ni copiar y pegar. Ese apego a la máquina fue tan literal que en 2002 le dedicó un libro entero, The Story of My Typewriter, ilustrado por el pintor Sam Messer.

La lectura que tenemos

Titulares, resúmenes, hilos de veinte segundos. Consumir una historia sin quedarse a vivir dentro de ella.

La lectura que propone Auster

Una sola habitación, un solo día, una atención que no se puede acelerar sin perderse algo esencial.

No es casualidad que un autor tan lento en su propio proceso de escritura haya construido novelas que piden la misma lentitud a quien las lee. El método, pluma, cuaderno, reescritura completa a máquina, no era solo una manía personal: era una forma de resistirse a la velocidad, de obligarse a pasar de nuevo por cada frase antes de darla por buena. Esa misma resistencia es la que ofrece hoy su lectura, en un momento en que casi todo compite por acortarse.

1947

Nace Paul Benjamin Auster en Newark, Nueva Jersey. Estudia después en la Universidad de Columbia.

1987

Publica La trilogía de Nueva York (Ciudad de cristal, Fantasmas, La habitación cerrada), la obra que lo consagra internacionalmente.

1991 – 2006

Francia lo nombra Caballero de la Orden de las Artes y las Letras; años después recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 2006 publica Travels in the Scriptorium.

2024

Muere el 30 de abril en su casa de Brooklyn, por complicaciones derivadas de un cáncer de pulmón diagnosticado en 2022.

«Una pluma es un instrumento mucho más primitivo. Sientes que las palabras salen de tu cuerpo y las clavas en la página.»

— Paul Auster, The Paris Review, entrevista «The Art of Fiction No. 178»

El scriptorium como idea antigua

La palabra que da título a la novela no es un invento de Auster. En los monasterios medievales, el scriptorium era la sala donde las personas copistas transcribían, a mano y en silencio, los textos que de otro modo se habrían perdido. Un lugar de trabajo lento, disciplinado, casi devocional, donde copiar bien un texto ajeno era en sí mismo un acto de fidelidad y de memoria. Auster invierte esa imagen: su scriptorium ya no preserva nada, encierra. El personaje que debería estar copiando, o escribiendo, la propia historia de su vida no recuerda ni una línea de ella. La sala de copia se ha convertido en celda.

Mr. Blank

El nombre mismo, «en blanco», anuncia el vacío que el personaje debe llenar. Es a la vez prisionero y posible autor de todo lo que ocurre en la habitación.

Metaficción

Un relato que expone sus propios mecanismos: personajes conscientes de haber sido escritos, historias dentro de otras historias.

Vigilancia

La cámara en el techo y el micrófono oculto convierten la memoria perdida en un asunto también político, no solo íntimo.

Azar

Constante en toda la obra de Auster: la idea de que la identidad se construye tanto por decisión propia como por coincidencias que no elegimos.

Nota

Quien lee esta novela sin conocer el resto de la obra de Auster puede disfrutarla como un enigma cerrado, casi de cámara. Pero quien ha pasado por sus libros anteriores encuentra algo más incómodo: reconoce, uno a uno, a los rostros que entran por esa puerta. Es una experiencia de lectura que premia la memoria del lector tanto como castiga la falta de memoria de su protagonista.

Publicada apenas un año después de The Brooklyn Follies, esta novela breve, poco más de ciento cuarenta páginas, desconcertó a parte de la crítica precisamente por esa economía. No hay allí la amplitud narrativa de otras obras de Auster, sino la tensión de una sola jornada encerrada entre cuatro paredes. Algunas reseñas de la época la leyeron como una fábula sobre el poder y la culpa; otras, simplemente, como el ajuste de cuentas de un autor con su propio archivo. Probablemente sea las dos cosas a la vez.

¿Cuánto de lo que llamamos memoria es en realidad una historia que otra persona decidió contar sobre nosotros?

Esa pregunta atraviesa toda la obra de Auster, pero en Travels in the Scriptorium se vuelve literal. Mr. Blank no puede escapar de la habitación porque, en cierto sentido, la habitación es la única forma que tiene de existir: cada visita, cada objeto sobre el escritorio, cada fotografía es un fragmento de identidad que le llega desde fuera, nunca desde dentro. El libro no ofrece una resolución cómoda. Termina, como empieza, con el personaje sentado al borde de la cama, una imagen circular que Auster explicó alguna vez como el punto de partida real de la novela: la visión de un anciano con las manos sobre las rodillas, mirando al suelo, sin saber todavía qué historia estaba a punto de habitar.

Tres puertas de entrada a Auster

01

La trilogía de Nueva York — Paul Auster (1987)

El punto de partida obligado: tres relatos que reescriben la novela detectivesca desde el absurdo y la pérdida de identidad.

02

La invención de la soledad — Paul Auster (1982)

Un memoir sobre la muerte de su padre y sobre la paternidad, que revela de dónde nace su obsesión posterior con la memoria y el olvido.

03

Viajes por el Scriptorium — Paul Auster (2006)

Ideal como última parada, no como primera: su fuerza depende de reconocer a quienes entran por esa puerta.

Auster escribió durante casi cincuenta años sobre habitaciones cerradas, coincidencias imposibles y la fragilidad de saber quiénes somos sin que nadie más lo confirme. Trabajó siempre igual: pluma, cuaderno de cuadrícula, y después la vieja Olympia, ribete tras ribete, hasta el final. Esa disciplina, lenta, repetitiva, sin atajos; es quizás la razón por la que su obra encaja tan bien con quien busca pausas reales y no solo la promesa de ellas.

Tal vez toda escritura sea, en el fondo, un intento de salir de esa misma habitación. Y tal vez toda lectura lenta sea, también, una forma de entrar en ella por voluntad propia.

Fuentes y referencias

  1. «Paul Auster.» Wikipedia. en.wikipedia.org
  2. «Travels in the Scriptorium.» Wikipedia. en.wikipedia.org
  3. Hickling, Alfred. «Where’s the exit?» The Guardian, 14 de octubre de 2006. theguardian.com
  4. «Paul Auster.» The Paris Review, entrevista «The Art of Fiction No. 178». theparisreview.org
  5. «Paul Auster, celebrated and experimental author, dies at 77.» PBS News, 1 de mayo de 2024. pbs.org
Kumera
Escrito por Kumera